miércoles, 24 de octubre de 2007

ECLIPSE DE LUNA: CAPITULO 1


ECLIPSE DE LUNA



PROLOGO


5 de Julio, 2510.


La estilizada estación orbital giraba lentamente sobre su eje, reflejando los rayos del sol sobre su pulida superficie. Diversos apéndices surgían desde ella, paneles solares, antenas y otros de muy variadas formas y funciones. Uno de sus extremos estaba todavía en construcción y allí un enjambre de trabajadores, en sus trajes espaciales, se esmeraba en sus labores, en medio de vigas de acero y tuberías suspendidas en el vacío.

Bajo ellos, la Tierra. Un mundo devastado tras medio milenio de largas guerras y de la indiscriminada explotación de sus recursos por parte de una población hambrienta y desesperada. Los polos se habían derretido y las líneas de las antiguas costas se habían desdibujado, mientras que las tierras más altas habían quedado cubiertas de manchas y cicatrices, a causa de las bombas que habían incinerado las ciudades, y por las talas y los incendios que se había llevado las selvas y los bosques.

Flotando a un costado del aquel planeta herido y mutilado la estación se hacia pequeña en la distancia, hasta llegar a ser un insignificante punto luminoso. Una pálida estrella que, de pronto, se convirtió en incandescente nova.

Una llamarada súbita, potente, pero que se consumió en un instante, privada del oxigeno necesario para alimentarla. Pero de todas formas, más que suficiente para que toda una sección de la estación se desintegrara, y sus trozos se convirtieran en una lluvia de brillantes esquirlas lanzadas al espacio.



1


9 de Julio, 2510.


El Corredor Korolev. Hace cuatrocientos años apenas un túnel que comunicaba la prístina colonia de Ciudad Armstrong y los complejos industriales en el valle de Rima Ariadeaus. Ahora era un laberinto de varios niveles de calles estrechas y pasillos retorcidos, bodegas sucias y hacinadas viviendas.

Un territorio conflictivo, donde seguía existiendo gran cantidad de pobreza y de delincuencia a pesar del enorme progreso tecnológico y económico que se exhibían ampliamente en otras regiones de la Luna. Eran los bajos fondos de la gran ciudad que se extendía hacia el sur. Una tierra de nadie. El país de la prostitución, de las drogas, el comercio clandestino, y por supuesto, de los robos y asesinatos. Los dominios indisputados de una poderosa organización criminal, la Mara Omega, los verdaderos amos del Corredor Korolev.

El antiguo túnel por donde atravesaban las lineas del tren magnético era una barrera que dividía en dos al distrito, su parte exterior una muralla infranqueable que se prolongaba a todo lo largo de los pisos tercero al sexto. Al oriente de aquella frontera, Shinakiba, y al poniente “El Ghetto”. Los dos pisos superiores y las construcciones de la superficie constituían “El Malecón”, y las oscuras profundidades más allá del séptimo nivel eran conocidas tan solo como “las cloacas”. Al medio de todo aquello la estación del ferrocarril magnético y unas pocas manzanas donde se concentraban los servicios y la toda la escasa normalidad y orden que podía existir en aquellos confines.

Allí era donde se encontraban las oficinas del Departamento de Policía local, su escaso personal siempre sobrepasado e incapaz de hacer frente a los innumerables delitos que se cometían cada día en las calles del distrito. Allí era donde trabajaba el capitán Gary Moreno.

Tenia treintainueve años de edad, todavía bastante joven para los estándares de la Luna, donde era fácil superar el siglo de existencia, por una década o dos cuando menos. Asimismo, era alto, como todos los que nacían y crecían en la escasa gravedad del satélite terrestre. Pero con sus dos metros y quince centímetros de estatura él se alzaba incluso un poco por sobre el promedio. Poseía una figura esbelta y una contextura atlética, sin ninguno de los abultamientos en el abdomen o los muslos, que eran tan propios de los bien nutridos ciudadanos selenitas. Su piel bronceada no era fruto de algún tratamiento artificial, sino la herencia de sus antepasados, mestizos sudamericanos. Su cabello era negro y sus ojos de un inesperado color verde claro.

Ya llevaba cuatro años sirviendo en aquel puesto, no porque lo hubieran obligado, sino porque lo había pedido. Ningún policía en su sano juicio podría haber querido ir ahí voluntariamente, y no pocos compañeros y superiores le habían aconsejado en ese sentido. Pero el Corredor Korolev le había parecido el sitio preciso donde podría convertirse en un verdadero agente de la ley y donde podría, finalmente, sentirse orgulloso de estar cumpliendo con su deber. También, el lugar ideal donde comenzar de nuevo, lejos de un padre y una familia que nunca le perdonarían su falta, y lejos también de la mujer que aun no había podido olvidar.

Durante un tiempo trabajo con esfuerzo y entusiasmo. Realmente había creído en que podía hacer la diferencia y se había dedicado a perseguir a la Mara Omega, impidiendo sus actividades donde las descubriera e intentando capturar a sus cabecillas. Había sido en vano. Si, eran fuertes y eran astutos. Sin embargo esas eran cosas contra las que él estaba preparado para enfrentarse. Pero había algo con lo que no había contado. Algo que había entendido mucho después y que era la causa principal de todos sus frustrantes fracasos.

La corrupción. Esa era arma más peligrosa y terrible de cuantas poseía en su arsenal la Mara Omega. Una secreta y muy extensa red de vasallos cuyos tentáculos se extendían desde las hediondas alcantarillas del Corredor Korolev hasta los esplendidos edificios gubernamentales de la Cúpula Apolo. Un enemigo anónimo, pero que para él tenia, al menos, un nombre muy concreto. Porque sabia que en el centro de aquella telaraña había un hombre llamado Leonard Hiranandani. Alguien que, sin embargo, no tenia rostro. Un intocable, como alguna vez lo habían sido sus ancestros en la antigua India.

Pero si que tenia ojos y oídos. Nada nunca pasaba en sus dominios sin que él se enterara, y esta vez tampoco había sido la excepción. De nuevo Hiranandani se les había adelantado.

Sus informantes le habían avisado a Moreno de la llegada de un centenar de emigrantes ilegales. Habían sido lanzados desde algún punto en el sudeste asiático y puestos en órbita terrestre, dentro un pequeño contenedor presurizado, y más tarde habían sido recogidos por un carguero clandestino. Podrían haberlos interceptado en ese momento, pero prefirieron esperar. Era posible, le habían dicho, que el propio Hiranandani y otros mandamases de la Mara concurrieran a recibir el cargamento humano y era una oportunidad que no podían dejar pasar.

Habían permitido que la pequeña nave alunizara tras el cráter Maskylene y que remolcaran el contenedor hasta un hangar en el Malecón, y que se conectaba a través un rudimentario ascensor de poleas y cadenas con una escondida bodega en el tercer nivel.

Cuando sus hombres habían llegado hasta allí, rodeando el lugar y cubriendo todas las posibles salidas, por un momento había confiado en que esta vez tendrían éxito. Pero al entrar al recinto solo encontraron el contenedor vacío y unos pocos objetos personales, seguramente dejados atrás en una precipitada huida. Pero nada más. Ningún alma. Ningún rastro de los traficantes y ni de su especial mercancía. Alguien les había advertido de la trampa que se les preparaba, alguien dentro de las propias filas de la policía.

Como era esperable, entonces, les habían ganado nuevamente y ya no tenia esperanzas de cambiar su suerte. A esa hora los esbirros de Hiranandani debían estar negociando el retorno de su inversión, vendiendo a las muchachas jóvenes como prostitutas en los burdeles del sector, y a los varones como mano de obra esclava, la mayoría con destino a Marte o a los Asteroides.

“Señor. Lo siento.” Fue lo único que supo decirle el teniente Isaac Tennyson. Un hombre más joven que Moreno, y menos experimentado. El Corredor Korolev era su primera asignación, y había llegado allí apenas salido de la academia, un par de años atrás. Sin embargo parecía haber aprendido más rápido que el propio Moreno a tolerar la frustración. O quizás, tan solo se había resignado.

“Nada que hacer.” Contestó Moreno, visiblemente decepcionado. “¿Me hace un favor teniente? Hable con el sargento Foley y que el le ayude con los informes. Yo mañana los firmo. Mire que ahora lo único que quiero es irme a casa a descansar.”

“Seguro señor. Yo me encargo.” Dijo él, mostrándose agradecido por contar con una tarea concreta donde poder ayudar a su desalentado comandante.

“Le diré a Hitomi que este atenta por si necesita algo.” Agregó antes de irse.

“Si señor.” Respondieron al unisono. Tennyson al frente suyo, y Hitomi, su IA personal de soporte, en algún lugar dentro de su cabeza.


A aquella hora los trenes con destino a la ciudad iban atestados, así que no tuvo más remedio que quedarse de pie. Casi una hora de viaje hasta su destino, el distrito Orkin. El vagón no poseía ventanas, ya que no había mucho que ver en el exterior, solo las grises paredes de cemento de los interminables túneles del sistema ferroviario. Y cuando las puertas se abrían lo único que era posible observar afuera eran aglomeraciones de gente esperando en cada estación.

Arriba, en el techo, habían pantallas de televisión. Pero ellas solo transmitían propaganda y a ratos algún anuncio de la empresa de trenes. Nada muy atractivo o interesante para combatir el aburrimiento y la monotonía. Afortunadamente había una alternativa.

Le ordenó a Hitomi que le transportara a un centro de relajamiento virtual. Inmediatamente setenta créditos fueron descontados de su cuenta. A cambio de ello sus percepciones sensoriales fueron intervenidas y se sintió como si estuviera flotando en agua caliente mientras suaves manos invisibles masajeaban distintas partes de su cuerpo. Aromas de flores en sus centros olfativos. Música nexobarroca en sus oídos. Reconoció una serenata de Claire Vivianne Versión 3.2, una compositora IA de hace dos siglos atrás y que era una de sus favoritas. Los servicios como aquel siempre mantenían registro de los gustos de sus clientes, en todo tipo de asuntos, de modo de hacer lo más placentera posible la experiencia de cada uno de ellos.

Por ejemplo, ellos también sabían que el capitán Moreno gustaba de los lugares abiertos, algo poco común entre los habitantes de la Luna, acostumbrados a los espacios cerrados y siempre temerosos del vacío mortal que había allá afuera. Por eso ahora se veía así mismo en la cima de la cumbre más alta de los Montes Cárpatos Lunares mirando hacia el Mar de las Lluvias, una llanura blanca, magnifica, extendiéndose hasta el horizonte. Arriba y a un costado, la Tierra en cuarto creciente flotando en un cielo lleno de estrellas.

En otra realidad muy distante, Hitomi, siempre gentil y dispuesta, se preocupaba que nada de lo que estaba pasando a bordo del tren llegara hasta el cerebro de Moreno e interrumpiera su merecido descanso. También había tomado el control de sus nervios motores y realizaba por el todos movimientos que fueran necesarios. Darle la pasada a alguien que quisiera bajarse o afirmarse con más fuerza cuando frenaban. Ella se encargaría de cualquier eventualidad y finalmente le avisaría al propietario de aquel cuerpo cuando llegaran al final de su trayecto. Todo ello gracias al implante cibernético que había en la base del tronco encefálico del capitán Moreno, al igual que en cada uno de los quince millones de ciudadanos selenitas.


En la Luna los días, y sus noches, duraban poco menos de setecientas horas. Considerando además que la gran mayoría de sus habitantes vivían bajo tierra o en edificios sellados, y donde los espacios públicos estaban permanentemente iluminados, poco sentido tenia utilizar esos términos para referirse a los periodos de trabajo y de descanso del ser humano. Cada selenita administraba sus propias horas de luz y de oscuridad en la intimidad de sus moradas, definidas de acuerdo a sus rutinas y preferencias.

Para Moreno ya era tarde. Pero todo el día había estado anhelando llegar a su casa, acomodarse en su sillón favorito, y destinar unos momentos para disfrutar sosegadamente de la cerveza que ahora sostenía entre sus manos.

Estando allí, y como siempre, su mirada se desvió hacia el estante que había a un costado y donde, entre otros objetos personales, había un pequeño portarretrato holográfico con la imagen de una hermosa mujer. Volvió a repetirse que ya era hora de deshacerse de aquella fotografía, de guardarla en algún cajón o de arrojarla a la basura. Estuvo a punto de hacerlo en ese mismo segundo, pero de nuevo termino postergando la decisión, con la excusa interior de que era un buen momento para mirar las noticias.

Para empezar, la catástrofe ocurrida tres días atrás. Los noticiarios, que Hitomi se encargó de hacer aparecer frente a sus ojos inyectando la información directamente en sus nervios ópticos y auditivos, seguían transmitiendo una y otra vez las impresionantes imágenes de la estación espacial Hesperus sacudida por la potente explosión que había convertido gran parte de su estructura en un irreconocible muñón de metal retorcido y chamuscado.

El comentarista explicaba que la estación había sido el ahora mutilado producto de las desmedidas ambiciones de la Federación del Pacifico, una nueva nación terrestre con pretensiones de imperio que durante las últimas décadas había ido expandiendo su hegemonía a lo largo de las costas e islas del gran océano del que había tomado su nombre, y que de esa forma había intentado dar sus primeros grandes pasos en la conquista del espacio. Por lo tanto, en un primer momento se creyó que lo ocurrido había sido tan solo un muy desafortunado accidente fruto de la inexperiencia de los constructores en aquel tipo de obras de ingeniería.

Sin embargo, la verdad, descubierta poco tiempo después, había resultado ser distinta. La explosión había sido provocada por la detonación de una pequeña bomba nuclear puesta en la Hesperus por un grupo pacifista radical de la propia Federación del Pacifico, el Ejercito de la Nueva Tierra, que se oponía a las políticas expansionistas e beligerantes de su gobierno. En un breve comunicado se habían adjudicado la autoría del acto terrorista y habían argumentado que era imprescindible que los lideres de la nación atendieran las reales necesidades del pueblo, el hambre y las enfermedades, en vez de estar despilfarrando los escasos recursos disponibles en proyectos quiméricos que solo buscaban distraer a la población de los verdaderos problemas.

Los muertos a consecuencia del atentado se calculaban en varios centenares. Y todavía unas mil personas permanecían en su interior, aisladas y sin abastecimientos ni atención medica, refugiadas en la parte de la estación que milagrosamente había logrado resistir incólume.

El gobierno de la Luna había anunciado que aunque podía simpatizar con las aspiraciones de paz y justicia que reclamaban los responsables del ataque, no podía estar de acuerdo con tales métodos, y había puesto todos sus recursos a disposición de la nación afectada, a fin de socorrer a los sobrevivientes.

Las cámaras de televisión mostraban ahora al convoy de naves de rescate que habían sido enviados por la Luna hacia el sitio del desastre. Pero un inesperado obstáculo se les había interpuesto en el camino. Naves de guerra marcianas impedían toda acción humanitaria, amenazando con disparar sobre los selenitas si se acercaban a la estación.

La actitud de la Flota Expedicionaria de Marte respondía a la vieja rencilla que mantenían la Luna y el planeta rojo por el control del comercio en la órbita terrestre. De esa forma, el tema de los reportajes se desvió hacia el inquietante aumento de la tensión diplomática entre ambos gobiernos, pero para entonces Moreno había comenzado a cabecear. Cuando Hitomi detectó aquello, fue atenuando suavemente el volumen del sonido y el brillo de las imágenes. También apagó las luces del departamento. Pero antes de quedar completamente a oscuras, por el rabillo del ojo, lo último que el policía alcanzó a ver fue, de nuevo, la fotografía del portarretrato.


Su padre, el comandante Roberto Moreno, también había sido policía, y luego se había convertido en un influyente funcionario administrativo del Consorcio de Seguridad Ciudadana. Había querido que su hijo siguiera sus pasos, que era, por lo demás, lo que se estilaba tradicionalmente. Así, el joven Gary se integró a la Academia del Consorcio y cuando se graduó cuatro años después, su padre ya le había conseguido un envidiable puesto en la zona de Fra Mauro, donde vivía la sofisticada y pudiente alta sociedad selenita, en lujosos condominios a la sombra de los cráteres o extensas haciendas que se extendían hacia el Mar de las Nubes.

Muy pocos crímenes se cometían en ese distrito, no al menos los de la clase que finalmente podían llegar a las manos de los policías de placa y pistola. No le había quedado más que dedicarse, junto con sus compañeros, a frecuentar la vibrante vida nocturna de lugares como los balnearios de Farpoint y los clubes del Sunriver.

Él, que se sabía un hombre interesante y atractivo, no tenia dificultad en conocer a hermosas mujeres con las que terminaba teniendo sexo en algún motel cercano, una distinta en cada ocasión. Tal vida licenciosa podría haber sido escandalosa en otras partes de la Luna, como en la recatada capital, Ciudad Armstrong, pero no en Fra Mauro. Allí todo estaba permitido y de hecho, era un privilegio pertenecer y participar de los frívolos pasatiempos de aquella élite.

Fue precisamente en un club del Sunriver, un conjunto de siete cúpulas transparentes conectadas una junto a la siguiente y a través de las cuales corría un río artificial rodeado por frondosos arboles tropicales, donde vio por primera vez a Amelie.

De inmediato supo que la joven mujer, de apariencia frágil, rostro angelical y cabellos claros como el trigo, era especial. Su cuerpo, menudo y muy delgado, estaba cubierto por un ligero vestido de seda que parecía fluir como un liquido viscoso, destacando sus formas perfectas. Tenia una expresión vívida y alegre, pero sus ojos eran dos profundos pozos insondables, como perdidos en la niebla espesa.

Ella se había acercado y se sentó cerca, dejando que sus miradas se encontraran un par de veces. Él le invitó un trago, y mientras bebían la joven le examinó sin ningún resquemor, apreciando los gruesos músculos de sus brazos, el color oscuro de su piel y su postura confiada. Amelie se había sentido inmediatamente atraída por aquel hombre, por el vigor y la intensidad que evidenciaba en cada palabra, en cada movimiento; por el deseo y la pasión que transmitía su mirada. Eso era precisamente lo que ella quería, y lo que había estado buscando no solo aquella noche, sino que durante muchas noches, por mucho tiempo.

Los amigos de Moreno se alejaron, sin intervenir. Nadie intentó arrebatarle la presa, todos reconocían su derecho al premio mayor. Se sintió satisfecha. Había elegido bien.

Permitió que él la sedujera, apreciando su estilo. Un poco tosco, quizás, pero de nuevo, potente y sobre todo, genuino y espontáneo. Terminaron en una lujosa habitación de hotel, que ella pagó, y Moreno tuvo el mejor orgasmo de su vida. La mujer fue como un barco que siempre superaba las expectativas de su capitán, y que supo llevarlo a costas de aguas tibias y claras, que él nunca había conocido.

Después de aquello comenzaron a salir y pronto decidieron vivir juntos. Él le traía flores y le preparaba la cena. Ella lo sorprendía con atrevidos vestidos y sus fervientes ganas de él. Aveces iban a Sunriver, pero también iban a a restaurantes y salas de concierto en Ciudad Copérnico. Se conectaban juntos a frenéticas realidades virtuales, o paseaban por quietos jardines durante largas horas. La pasión desenfrenada de los primeros momentos se transformo en algo más sosegado y sutil. Ella comenzó a disfrutar el tan solo mirarle dormir a su lado, y también a extrañarlo cuando se marchaba a su trabajo en las mañanas. Eso también era lo que ella había querido y necesitado por largo tiempo.

Finalmente él le propuso matrimonio. Dudo un momento. ¿Eso era lo que ella había estado buscando? ¿Era lo que de verdad quería? ¿Una vida normal y con cierta ilusión de sentido? ¿Si, no? Nunca lo sabría. Solo que lo había mirado a los ojos, que había sentido que su corazón parecía querer arrancarse de su pecho, y le había dicho que si. Si, pero no. Antes tenia que contarle algo. Algo que había mantenido en secreto para no romper la magia, para no terminar con todo demasiado pronto.

“Soy una metaciudadana, Gary.” Le había dicho ella. Bajando la vista. “Ojala no te importe. Ojala me perdones por no habértelo dicho antes.”

A él no le había importado, no en ese momento. Se casaron dos meses después en una iglesia cristiana. Casi todos los invitados eran familiares y compañeros de Moreno. Solo dos figuras anónimas al fondo, que Amelie presentó como sus padres, esperaron hasta el final de la ceremonia y luego se retiraron sin siquiera saludar al novio.


10 de Julio, 2510.


Una sutil descarga eléctrica estimuló directamente la región de la sustancia reticular y casi instantáneamente el detective estuvo despierto.

Mientras sus ojos se ajustaban a la repentina claridad de su habitación, Hitomi le informó que había un mensaje de prioridad máxima aguardando en linea. El aceptó la comunicación.

“Disculpe, capitán.” Escuchó la voz tensa del teniente Tennyson. “Tenemos una emergencia.”

Calculó que había dormido solo unas tres horas. No estaba de humor para emergencias, alcanzó a pensar. Entonces apareció en una estrecha callejuela escasamente iluminada por distantes anuncios de neón, rodeado de otros policías que se estorbaban unos a otros. Olor a alcohol y vomito. Ruido de sirenas y de ordenes gritadas por sobre la confusión. Por supuesto, aquello era lo que el teniente Tennyson estaba viendo, oyendo y sintiendo en ese preciso momento.

“¿De que se trata?” Preguntó él, escuchando su propia voz dentro de la cabeza de su subalterno.

“Acaban de encontrar muerto al embajador marciano.” Le señaló Tennyson. “Esto esta muy jodido.”

“Oh no. No me jodas a mi... yo no quiero ese bulto. Habla con el comandante.” Respondió Moreno, considerando solamente las implicaciones más inmediatas de la situación. Suficiente como para no querer tener nada que ver con ello.

“Ya hable con él, capitán. Y dijo que era su zona y que usted estaba a cargo.”

“¡Joder! Ya voy para allá.”


De nuevo el Corredor Korolev. Sexto nivel, sector Épsilon. Primero, el escondido corredor que antes había visto a través de los ojos de Tennyson. Luego, un destartalado burdel llamado “Mademoiselle Desiré”. Finalmente, una minúscula habitación en el segundo piso. Allí, el cuerpo de Ibrahim Alexander Wang, arrojado en el suelo en medio de un charco de su propia sangre. El arma homicida, un cuchillo de cocina, sobre la cama que permanecía ordenada, sin que hubiese sido usada recientemente para el propósito al que estaba destinada.

“¿Alguna grabación?”

“No que sepamos.” Dijo el teniente Tennyson. “Con la autopsia sabremos si tiene algún tipo de implante.”

Poco probable, pensó el capitán. Los marcianos eran muy celosos de su intimidad, y si bien solían usar todo tipo de artefactos cibernéticos, estos rara vez estaban diseñados para almacenar información personal.

“¿Las empleadas? ¿Los clientes?” Preguntó sabiendo que era muy improbable.

En la Luna, todos los ciudadanos poseían desde su nacimiento el implante que les permitía conectarse a la red, ser asistidos por inteligencias artificiales, expandir sus capacidades de memoria y aprendizaje, y otro sin fin de posibilidades. Una de las cuales era el hecho de que cada estímulo percibido por sus sentidos era grabado, y luego transferido y acumulado en enormes archivos confidenciales, administrados por el gobierno. Registros que estaban a disposición de la policía cuando se trataba de investigar crímenes de todo tipo.

Pero los ciudadanos rara vez cometían delitos. Quienes si lo hacían eran los indocumentados venidos desde la Tierra, ellos o sus hijos y nietos, que no poseían implantes, y que formaban las grandes masas de desdichados que vivían en los empobrecidos campamentos marginales al sur de Ciudad Armstrong, o en las laderas septentrionales del cráter Copérnico. Y en el Corredor Korolev.

“Tampoco.” Contestó Tennyson. “Además, usaron una bomba electromagnética. De bajo poder, pero igual suficiente para borrarlo todo en cien metros a la redonda.” Agregó.

“Vaya. Definitivamente no querían dejar rastros.” Indicó. Pero curiosamente habían olvidado un cuchillo ensangrentado junto al cuerpo, recordó. La paradoja era inquietante. “¿Hubo daños?”.

“No mayores. Tres personas fueron llevadas al hospital, pero nada serio.”

Las bombas electromagnéticas no estaban hechas para matar personas ni para destruir infraestructura física. No directamente al menos. El breve, pero intenso, pulso electromagnético producido por ellas tenia como propósito deshabilitar los sistemas eléctricos. Pero ello podía incluir, por cierto, los que una persona podía tener dentro de su propio cuerpo; desde simples marcapasos hasta microscópicos nanorobots circulando en sus vasos sanguíneos.

“Entre ellas la mujer que lo estaba atendiendo.” Agregó el teniente.

La prostituta que había estado con el embajador, quien era naturalmente la primera sospechosa. Era importante hablar con ella tan pronto como fuese posible.

“Y capitán...” Le interrumpió su subordinado.

“¿Si?”

“El comandante dijo que necesitaba el caso resuelto para mañana.”

“No me diga.” Dijo en tono irónico.

El comandante Edward Costa era su superior directo y oficial en jefe del Departamento de Policía del Corredor Korolev. Un hombre de edad avanzada y que rara vez se aparecía por los cuarteles, prefiriendo permanecer en su cómoda oficina en el edificio principal del Consorcio de Seguridad Ciudadana. Alguien que se mantenía alejado de los problemas y del verdadero trabajo policíaco que abundaba en su distrito, pero que permitía, sin cuestionar demasiado, que sus subordinados tomaran todas las decisiones que consideraran necesarias. Excepto claro, cuando sus propios jefes interrumpían su reposada existencia a causa de una emergencia que amenazaba con convertirse en una crisis interplanetaria.

Si, una crisis interplanetaria, se repitió a si mismo.

Dio apresuradas instrucciones para que se realizaran los procedimientos de rigor, como la búsqueda huellas dactilares y de restos orgánicos, y se encamino hacia el hospital. Por una vez estaba de acuerdo con su superior; esto tenia que solucionarse rápido.


Se llamaba Luang Sumalee y era prostituta. Pero más importante aun, el embajador Wang había sido su último cliente. Según su expediente tenia veintidós años y acababa de llegar recientemente desde la Tierra. Originaria del sudeste asiático. No se especificaban más detalles. Solo que tenía permiso para vivir en la Luna. Todo legal.

Por supuesto, pensó Moreno, cuando vio a la mujer sentada en el borde de la camilla. Vestía una falda muy corta y una blusa transparente que no solo dejaba ver sus pequeños senos, sino que también un tatuaje de color plateado en su hombro izquierdo. La última letra del abecedario griego. Propiedad de la Mara Omega. Ellos siempre se encargaban de que sus pertenencias estuvieran con los papeles en regla.

“Buenos días, señorita Luang.” Empezó el policía apenas entró en la habitación. “Soy el detective Gary Moreno.”

“Buenos días detective.”

Moreno la miró con más detención. Delicados rasgos asiáticos, y baja estatura, incluso para ser terrestre. En la Luna fácilmente podía pasar casi por una niña. Quizás precisamente lo necesario para satisfacer los especiales apetitos de aquellos que concurrían donde “ Mademoiselle Desiré” en busca de placeres exótico y prohibidos.

Sin embargo había algo más en la muchacha. Algo que le hacia sentirse inquieto y desconcertado. Una cierta actitud confiada y procaz. Algo en sus ojos oscuros, y su mirada intensa, presente, pero al mismo tiempo, consumida y distante.

“¿Como está? El doctor me dijo que mejor.” Aseguró él.

Ahora sabia que la muchacha no había sido encontrada en la habitación del burdel, sino que en uno de sus baños, inconsciente. El médico le había explicado que un pequeño chip instalado en su corteza cerebral se había quemado como consecuencia de la descarga electromagnética y que eso había provocado el desmayo.

“A mi me dijo que ya me podía ir a casa y es lo que me gustaría hacer.” Contestó ella mientras que con sus manos se arreglaba la blusa, arrastrando por un instante los ojos del policía hacia sus jóvenes pechos.

“Primero tengo que hacerle algunas preguntas.” Señaló el apartando la mirada.

“Esta bien.” Asintió Sumalee como si de ella dependiera el asunto. Cruzó sus delgadas piernas, un gesto que tampoco pasó desapercibido por el detective.

“¿Sabe lo que sucedió?” Le preguntó.

“Si. Mataron al embajador Wang.”

“¿Como lo supo?”

Ella solo hizo un gesto señalando su propia cabeza.

El doctor le había confirmado que la joven prostituta carecía del implante típico que los ciudadanos selenitas poseían. Pero ella no era ciudadana, sino que una esclava sin derechos y probablemente sus amos se había encargado de encadenarla con grilletes cibernéticos que aseguraran su completa obediencia. El chip quemado podía ser uno de esos dispositivos, pero debía tener otros, y a través de ellos sus patrones le podrían haber informado del incidente, y seguramente también podían darle instrucciones en ese mismo momento sobre lo que debía o no debía decirle al detective.

“Tengo entendido que hoy le tocó atender al embajador Wang, ¿no es cierto?” Preguntó de acuerdo a lo que Tennyson le había informado.

“Iba a atenderlo...” Confesó ella utilizando el mismo eufemismo. “Pero no alcance. Me estaba esperando en el cuarto y yo iba para allá cuando me sentí mal y fui al baño. Después de eso no me acuerdo de nada hasta que desperté en la ambulancia.”

“Entiendo.” Indicó él. “El embajador, ¿por que le tocaba atenderlo a usted?”

“Él me quería a mi.” Le informó. Luego hizo una pausa como evaluando lo que debía decir a continuación. “Parece que quería conocer a la recién llegada.”

La joven había enderezado su postura. Ladeó la cabeza y buscó la mirada de Moreno. Le sonrió ligeramente, como con cierta vergüenza.

Sin ser evidente, y quizás ni siquiera concientemente, ella le estaba coqueteando. El policía, que alguna vez se había sabido atractivo para las mujeres, todavía podía reconocer cuando una de ellas reparaba en sus atributos. Normalmente eso no significaba ninguna diferencia para él, menos aun después de su malogrado matrimonio. Pero esta vez era distinto. De alguna forma que no lograba descubrir, la prostituta terrestre también había logrado capturar su atención.

Se esforzó por volver a concentrarse en el caso y le hizo pocas preguntas más. Sumalee tenia una buena coartada, y Moreno tendía a pensar que decía la verdad. Trató de convencerse de que era solamente porque no parecía la clase de persona que podía obtener fácilmente una bomba electromagnética. Pero no por eso dejaba de ser una sospechosa, concluyó. Y sino, al menos podía saber algo.

En ambos casos, el detective comprendió que la joven podía estar en graves problemas. Era claro que el homicidio del embajador marciano había sido planeado y ejecutado por uno o varios individuos con acceso a ciertos recursos poco convencionales. Una organización más probablemente. La Mara Omega, en efecto, se le aparecía como la principal posibilidad. Y si ese era el caso, bien sabia que Hiranandani no le gustaba de dejar cabos sueltos.

“No me gustaría que volviera al Ghetto.” Le dijo.

“¿Por que detective?” Preguntó ella con una mirada suspicaz.

“Temo por tu seguridad...”

“La verdad, detective, a mi tampoco me gustaría volver.” Indicó ella mordiéndose los labios. “Pero no tengo dinero y no conozco a nadie. No tengo ningún otro lugar donde ir.”

“Yo podría conseguirte un lugar donde quedarte.” Ofreció el sorprendiéndose a si mismo.

“Jajaja... ¿su departamento quizás? Le agradezco, pero no creo que sea una buena idea.” Señaló ella sonriendo.

“No es lo que piensas Sumalee.” Aseguró, sintiéndose un poco abochornado. Pero ella tenia razón, no era su tarea dedicarse a cuidar de las vidas de desventuradas prostitutas. ¿O es que quizás había algo de verdad en la atrevida insinuación de la joven? No, se convenció a si mismo. Sus palabras solo habían sido el fruto de la lastima que la provocaba la difícil situación de la muchacha, un ingenuo sentimiento que había terminado poniéndole en ridículo.

“No detective... No quisiera ocasionarle molestias.” Indicó ella. “Mejor deme sus códigos personales y si tengo algún problema le avisaré.”

El aceptó la propuesta de la mujer y luego le permitió irse. Se quedó unos minutos en el cuarto vacío, enfadado consigo mismo. Se había permitido creer por un momento que Sumalee era tan solo una inocente muchacha en manos de despiadados criminales. Pero había resultado ser una hábil prostituta que conocía bien su oficio, el de atraer y seducir a los hombres. El había caído incautamente en su juego y había terminado exponiendo sus propias debilidades. No era la mejor forma de haber empezado la investigación.


Otro mensaje prioritario. Esta vez una orden de sus superiores indicándole que debía presentarse en las oficinas centrales del Consorcio de Seguridad, en Ciudad Armstrong. El propio CEO de la compañía deseaba entrevistarse con él.

Para ello tuvo que trasladarse hasta el domo Apolo, una cúpula transparente de secciones hexagonales, ubicada en la superficie de Ciudad Armstrong, y en cuyo interior se encontraban los principales edificios del gobierno, entre verdes plazas y amplias avenidas.

En el medio, dominando la escena desde todos los ángulos, se hallaba la esbelta torre del Consejo de la República de la Luna. Una institución embestida de muchos protocolos y ceremonias, pero cuya real autoridad era bastante limitada. El Primer Ministro, elegido cada cuatro años, era practicamente una figura desconocida y cuyas decisiones se referían tan solo a asuntos domésticos y sin real importancia.

Esto porque la mayoría de las funciones del estado, desde las más triviales hasta las más fundamentales, estaban en manos de consorcios privados, joint-ventures entre las grandes corporaciones, con una participación muy minoritaria del gobierno. Así, existía un consorcio para la administración de la justicia, otro para la educación, para la salud, y uno incluso para la defensa nacional. Un consorcio mantenía limpias las calles de Ciudad Armstrong y otro regulaba el comercio y recaudaba los impuestos.

Por supuesto, también existía el Consorcio de Seguridad Ciudadana, encargado de mantener el orden y prevenir el crimen en toda la república. En el Corredor Korolev, en Ciudad Copérnico y en las estaciones orbitales. En los balnearios de Fra Mauro y en las factorías del polo sur lunar. En todas partes los empleados del Consorcio eran la ley y por eso se les llamaba policías.

No pocas veces había venido hasta las oficinas centrales, ubicadas a un costado de la avenida principal que desembocaba en el edificio del Consejo, por distintos motivos burocráticos. Pero jamas había sido convocado por el propio CEO, el gerente general, Nicholas Johansonn, un metaciudadano, un miembro de la aristocracia selenita, un hombre que había nacido a mediados del siglo XXII y que permanecía enclaustrado dentro de algún oscuro nicho, atado a las maquinas que le mantenían vivo, allá lejos, en los complejos subterráneos del Cráter Schrodinger.

Sin embargo ahora estaba allí, dándole las espaldas mientras disfrutaba de la magnífica vista que se apreciaba tras las ventanas; más allá de la cúpula la multitud de construcciones que constituían la parte exterior de Ciudad Armstrong. Era un joven vigoroso, lleno de energía y vitalidad. Un cuerpo que, según entendía Moreno, no era más que un clón de si mismo, criado y nutrido hasta alcanzar la edad adulta, pero impidiendo cualquier desarrollo de su mente. Aveces los metaciudadanos optaban por androides antropomorfos, o arrendaban por un cierto tiempo el ser físico de alguna otra persona a cambio de sustanciosas sumas. Como fuese, este era el cuerpo que el CEO del Consorcio de Seguridad ahora controlaba desde el otro lado de la Luna, y a través del cual era capaz de sentir, de gozar y tal vez también, de sufrir.

El detective esperó con paciencia a que el metaciudadano reconociera su presencia en la oficina. Finalmente la mirada del hombre se apartó de los ventanales y la dirigió hacia el policía.

“Buenos días, detective Moreno.” Saludó el aristócrata.

“Buenos días señor.”

“Lamentamos mucho haber tenido que hacerle venir hasta acá.” Dijo él. Ninguna demora en su reacciones, a pesar de la distancia que separaban aquellos músculos y la conciencia que los controlaba. “Espero entienda que la muerte de Wang nos deja en una situación muy complicada.”

“Por supuesto.”

“Necesitamos que nos mantenga personalmente informados de los avances en su investigación.” Señaló. “Le he dado algunos códigos a su IA personal, de modo que nos pueda transmitir cualquier novedad apenas ocurra. ¿Entendido?”

“Si señor.”

“Y detective...” Empezó Johansonn rascándose una barbilla que carecía de vellosidades. “De ahora en adelante nos informara primero a nosotros. Antes que a sus superiores, antes de llenar reportes. ¿Me entiende?”

“Eso esta un poco fuera de procedimiento... , señor” Destacó el oficial.

“Usted comprenderá, Moreno, que este asunto involucra la seguridad nacional. Que lo que usted haga o diga sobre el asunto puede tener consecuencias lamentables. Por eso, primero a nosotros, y entonces decidiremos que es conveniente contar o no contar.” Explicó haciendo una pausa. “Para su tranquilidad esto ya fue conversado con el comandante Costa y el esta de acuerdo.”

“Entiendo.” Afirmo Moreno, imaginando que en efecto, Costa no había puesto ni la más mínima objeción a las inusuales instrucciones.

“Muy bien capitán. ¿Alguna pregunta?”

“Si me permite, señor... ”

“¿Si, capitán?”

“La verdad no se si soy la persona más idónea para llevar el caso.” Manifestó. “Es demasiado importante. Si me permite sugerirlo, quizás se requeriría una comisión especial para ver el caso. Y pedir la colaboración del Consorcio Central de Inteligencia.”

“El Consorcio de Inteligencia, por supuesto, esta llevando su propia investigación del caso, detective.” Le informó. “Y no. Creemos que usted es la persona correcta. No solo porque el crimen ocurrió en su sector, sino que además, sabemos que usted es un policía competente y comprometido.”

“Gracias.”

“No lo digo por decirlo, Moreno. Hemos visto como usted se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para la Mara Omega. Hemos visto como lo han amenazado, como han intentado comprarlo, y como usted siempre ha hecho lo correcto. Sabemos que no siempre ha tenido éxito, capitán, pero entendemos que no ha sido su culpa.”

Él solo asintió con la cabeza. Por supuesto que observaban sus pasos, pensó. Pero el Gran Hermano, como le llamaban sus detractores, no era infalible. A pesar de la vigilancia, policías, jueces, ejecutivos corporativos, cientos de respetables ciudadanos no eran sino parte de las redes de corrupción que se extendían por la sociedad lunar. Si tan solo hubiesen podido ayudarle con ese aspecto del problema, sus fracasos no habrían sido tan rotundos.

“Si me permite inmiscuirme en su investigación, detective, le diré que personalmente creo que la Mara esta detrás de este asesinato. Por eso, además, creo que usted es la persona correcta para hacerse cargo.” Dijo Johansonn.

“Gracias señor.”

“Si necesita más hombres, más recursos, o lo que sea, díganoslo y se lo daremos. ¿Esta claro?”

“Si señor. De momento estamos bien.”

“Me parece capitán.” Concluyó. Volvió a girar su rostro hacia el paisaje exterior y Moreno comprendió que la entrevista había concluido.


Estaba agotado. No solo porque había dormido poco, sino que durante las últimas seis horas había tenido que ir de un lugar a otro. La escena del crimen, el Hospital Central del Corredor Korolev, el Consorcio de Seguridad. Ahora la embajada marciana también en la superficie, pero conectada con el segundo nivel subterráneo de Ciudad Armstrong a través de sus oficinas consulares.

Por esa razón, Moreno esperaba ahora al frente a la delegación diplomática, en el corazón del concurrido boulevard Julio Verne. Se había apresurado para llegar a la hora convenida con el embajador suplente, pero su secretaria le había comunicado que el diplomático se encontraba en una reunión urgente y que no podría atenderlo todavía.

Se dirigió a uno de los varios cafés que había al costado del boulevard, entre pequeños jardines iluminados por la luz del Sol, que en esos momentos entraba de lleno a través de los ventanales que había en el techo a largo de toda la calle. En efecto, el boulevard era una hendidura que cortaba dos niveles y que se extendía a través de ocho manzanas, desde la Plaza Blanca, directamente bajo la cúpula Apolo, hasta la estación de trenes. El piso, en amplias secciones, también era transparente y a través de el se podía ver otro corredor similar en el nivel inmediatamente inferior, el Boulevard Beta; un lugar no menos exclusivo. Arriba, magníficos arcos de estilo gótico se distribuían a lo largo de la vía, aunque por supuesto, no eran reales. Sus formas y texturas eran transmitidas directamente a los implantes y cada día un artista diferente ofrecía sus creaciones para deleite de los transeúntes. Solo quienes no poseían el dispositivo en sus cabezas podían ver aquel paseo como realmente era, con sus murallas grises y lisas, sin jardines ni ventanales.

Pidió un café negro y se sentó en una mesa que daba hacia la vía, donde unos pocos vehículos circulaban pausadamente. Hitomi le aconsejó aprovechar el momento para relajarse un poco en un centro virtual. Amablemente se ofreció también para hacerse cargo de su cuerpo en el intertanto y avisarle apenas hubiese novedades de parte del embajador. Pero Moreno rechazó la sugerencia. El intenso aroma de su bebida, el aire fresco que circulaba por el boulevard, la luz natural del Sol, eran una invitación para disfrutar por unos instantes de la realidad verdadera, o la menos la parte que podía percibir de ella, y para evaluar tranquilamente la situación en la que se encontraba.

Porque era evidente que no iba a ser una investigación fácil de conducir. No solo por las dificultades propias del caso, sino por el hecho de que la víctima era alguien demasiado importante. Había muchos intereses en juego, y por lo tanto, mientras más tiempo se demorara en resolverlo, más presiones iban a confluir en el asunto.

O eso era lo que creía hasta el preciso instante en que todo cambio.

Cuando la multitud que circulaba a esas horas por el boulevard pareció quedarse paralizada por un segundo, y luego algunos comenzaron a gesticular incrédulos, llevándose las manos al rostro o levantando los puños. Algunos gritaban y otros pocos sollozaban. Unas sirenas sonaron a lo lejos.

Hitomi se encargó de que el también lo supiera. Las imágenes del enfrentamiento aparecieron delante de sus ojos, mientras una voz anónima informaba escuetamente que ahora la República de la Luna estaba en guerra con los marcianos.

Supo que desde el principio había sido demasiado tarde. Ahora el asesinato de Ibrahim Alexander Wang había dejado de ser un asunto urgente. Y por supuesto, podía considerar su entrevista con el embajador suplente como cancelada indefinidamente.


El crucero de batalla Fobos era una mole de metal de trescientos metros de largo que poseía dos cuerpos principales, el de más atrás ligeramente más voluminoso que el de la proa, y que se hallaban unidos en el medio. Alrededor de ellos, otras tres secciones simétricas, de menor tamaño, se distribuían en los costados. Dominaban los ángulos rectos y el diseño funcional, ninguna concesión a pretensiones estéticas.

Judith Bridenbaugh, almirante de la Flota Expedicionaria de Marte, se hallaba en las entrañas de aquel grotesco ingenio, inmovilizada dentro de un minúsculo cubículo presurizado, completamente aislada del exterior. Sin embargo sus implantes permanecían conectados a la nave, y a través de ellos su mente era capaz de controlar cada uno de sus componentes: Los reactores que generaban la energía de tanto necesitaban; los motores que permitían ganar velocidad y modificar el curso; los generadores que mantenían los escudos plasmáticos; y las armas, ya cargadas, listas para ser utilizadas. Su voluntad y su conciencia se extendían incluso sobre la verdadera nube de pequeños artefactos que revoloteaban alrededor del crucero de batalla como abejas alrededor de un panal; cazas de combate, bombas inteligentes y sondas espías.

Por supuesto, no estaba sola. Junto a ella otros trescientos tripulantes humanos, en sus respectivos cubículos, y miles de IAs se esmeraban llevando a cabo las tareas que se les habían asignado. Por los ahora vacíos pasillos de la nave solo flotaban ocasionales androides, realizando las labores físicas que fuesen necesarias.

El resto de la flota, una decena de fragatas y destructores aguardaban más atrás, a miles de kilómetros. Solo la Fobos y otras dos escoltas se habían adelantado hasta lo que quedaba de la Hesperus, y aguardaban expectantes mientras un pequeño carguero zarpaba de un improvisado muelle que había sido habilitado en el área de bodegas de la estación. Casi un centenar de heridos viajaban en su interior.

También venia a bordo una segunda bomba nuclear descubierta en el interior de la estación y que había alcanzado a ser desactivada antes de detonar. Sin embargo, ahora ella amenazaba con iniciar una reacción en cadena mucho más destructiva que la de su hermana. Ella era la evidencia que tanto la Luna como Marte necesitaban para demostrar la participación de sus adversarios en el atentado, o para ocultar sus propias responsabilidades.

La Luna había podido disfrazar sus reales propósitos enviando una misión humanitaria. Marte, en cambio, no había tenido más opción que oponerse a dicha iniciativa con naves de guerra. Durante las últimas treintaiseis horas, ambos contendientes se habían estado observando frente a frente, mientras en la estación había personas que seguían sufriendo y muriendo.

Pero ahora la nave de carga había puesto fin a la espera. Una frágil embarcación orbital que ni siquiera tenia capacidad para ingresar en la atmósfera, y que, por lo tanto, estaba obligada a buscar protección en alguno de los dos bandos. Los últimos cables fueron liberados y comenzó a alejarse de la Hesperus, girando lentamente hacia la flota marciana. La Federación del Pacifico se había decidido por sus antiguos aliados. La suerte estaba echada, pensó Bridenbaugh.

“Mensaje del comando selenita.” Le anunció una IA.

Ella permitió la comunicación.

“Soy el comandante Howard de Forest, de la Primera Flota de la República Lunar.” Le informó una voz flemática y afeminada. Uno de la aristocracia, pensó la mujer. Un pequeño barón de la oligarquía lunar dirigiéndose a ella desde su seguro bunker a cuatrocientos mil kilómetros de distancia.

“Comandante. Soy Judith Bridenbaugh, almirante de la tercera flota de la República Marciana.” Contestó ella.

Tres segundos de demora. Una mitad para que sus palabras alcanzaran la mente del metaciudadano, y la otra para que la respuesta llegaran de regreso a Bridenbaugh.

“Almirante.” Empezó él aceptando la diferencia de rango, aunque en su tono se percibía el desdén de quien se considera perteneciente a una casta superior. “Tenemos información de que el carguero de la Federación del Pacifico que acaba de abandonar Hesperus transporta un artefacto nuclear. Eso representa una amenaza tanto para ustedes como para nosotros. Nos haremos cargo de la situación.” Señaló él.

“Negativo comandante de Forest. Si usted intenta algo contra ese carguero nosotros consideraremos eso como un acto de guerra y responderemos en consecuencia.”

La respuesta, esta vez, demoró más de lo habitual, pero finalmente se volvió escuchar la voz del comandante selenita.

“Almirante Bridenbaugh. Le sugiero que retire sus naves o pueden salir dañadas...”

“Comandante de Forest. Yo le sugiero que sea usted quien retire sus naves.”

No hubo respuesta. La comunicación se cortó.

Pasaron tres minutos. Cuatro minutos. Cinco.

Entonces de entre la veintena de pequeñas naves de rescate, dos de ellas se adelantaron, una detrás de la otra, desplegando el armamento que hasta entonces había permanecido oculto. La primera activó sus escudos, protegiéndose ella misma y a su acompañante, permitiendo que la otra pudiera disparar a salvo. El láser recorrió en un instante la distancia que lo separaba de su objetivo.

Los sistemas de defensa de la Fobos se activaron en forma automática y una descarga de plasma salió al encuentro del rayo enemigo, solo una fracción de segundo después. Por supuesto, el carguero no tuvo oportunidad. El breve pero intenso haz de energía que alcanzó a golpearlo fue suficiente para horadar su casco, y hacer que sus reservas de combustible explotaran. Una efímera llamarada, y luego un poderoso estallido. La segunda bomba nuclear había detonado.

Los escudos pudieron proteger a la Fobos y sus acompañantes del poderoso pulso electromagnético provocado por la explosión. Pero Bridenbaugh comprendió de nada servirían contra la onda expansiva que pronto los golpearía, y que los dejaría a merced de sus enemigos por un instante. La almirante debía decidir rápido. Pero la decisión había sido tomada hacia ya mucho tiempo.

“Fuego.” Fue la orden que surgió desde el mismo corazón de la nave y que se expandió a través de toda ella.

Momentos después, y como se esperaba, el crucero y sus escoltas fueron sacudidos. Sus sistemas electrónicos se tambalearon y sus computadores colapsaron. Bridenbaugh quedó ciega y sorda por largos segundos. Pero en ese mismo momento sus adversarios estaban demasiado ocupados intentando defenderse de la nutrida ráfaga láseres y descargas plasmáticas dirigidos contra ellos como para tomar ventaja de la situación.

Una de las fragatas no alcanzó a reaccionar. Logró contener las primeras descargas, pero entonces la nave fue alcanzada también por la onda expansiva, lo que desorientó sus escudos. Como una flecha incandescente un rayo láser se deslizó entre sus defensas y se clavó en ella, convirtiéndola en escombros flotando en el vacío. Alguien había sido demasiado lento.

Perder una de sus naves fue demasiado para de Forest, quien emprendió de inmediato la retirada. Ya llegaría el momento de enfrentar a los marcianos, más tarde, pensó. Bridenbaugh también lo sabía. Muy pronto vendría por ella la Primera Flota de la Luna y esa era una adversaria que no tenía muchas esperanzas de poder superar. Pero al menos intentaría hacerle pagar cara la victoria.

Mientras tanto, toda la información de lo sucedido viajaba a través del vacío interplanetario. Se demoraría quince minutos en llegar hasta Marte. Solo una hora después el embajador marciano suplente recibía instrucciones de entregar la declaración de guerra al gobierno selenita. Minutos más tarde la Federación del Pacifico haría lo propio.



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2 comentarios:

acoronaar dijo...

Leyendo...

Renzo dijo...

Hola!

Me gustó la historia que empezó como algo simple, pero de pronto empezaron a caer algunas piezas y todo se vino abajo de golpe. Lo leí todo de una sola vez y me gustó.
Recuerdo un par de cosas que quiero comentar antes: Hablas de "metaciudadanos", pero no describes qué es eso. Lo otro fue un par de errores tipográficos menores por revisar, pero eso es todo.
Espero con ansias el segundo capítulo de tu novela.
Saludos.